lunes, 11 de abril de 2011

A proposito de la entrada anterior

Estimados
Aqui les dejo con un escrito por parte de un bloggero que se refiere justamente lo que produce esa masculinidad hegemónica que es o ha sido el refente de construcción de las masculinidades y que hace, mediante la omisión, creer que solo existe Él.
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El día en que se me 'quebró' la mano o la recuperación de una masculinad perdida por parte de mi padre

Hasta ahora no había evidenciado los profundos significados que pueden acarrear detalles de apariencia simple en la constitución de un sujeto.

Hoy necesitaba salir a imprimir unos documentos para la universidad, por lo que iría a un negocio cerca de mi casa a hacerlo. Mientras iba bajando, me encontré con mi papá, quien generalmente está en la calle conversando con diferentes personas, o simplemente sentado observando o leyendo; esto ha sido siempre así, pues, yo creo que su naturaleza e infancia 'callejeras' no le permiten pasar mucho tiempo encerrado.

La cosa es que él decidió acompañarme a imprimir estos documentos, y mientras ibamos bajando sucedió lo inesesperado para él: mientras conversábamos, él notó que yo iba caminando con la mano derecha quebrada, es decir, en esta posición:


Lo que para mí parecía absolutamente irrelevante, para él fue el comienzo de una pesadilla, y una discusión inconclusa, ya que de mi parte, no tenía sentido seguir llevando a cabo frente a algo que simplemente él no querría comprender. Digo querría, porque al parecer esto tiene una lógica que la heternormatividad no permite ver.

Cuando me vio caminando con ese gesto -por primera vez probablemente- me dijo en tono risueño y broma: "¿Por qué vas haciendo ese gesto?" A lo que yo le respondí: "No lo sé, no lo estoy haciendo, no me había dado cuenta"... A esto, él un poco más exaltado comenzó a reprocharme por qué hacía eso, por qué era necesario 'adquirir' aquellos manerismos, y yo en verdad quedé demasiado sorprendido, casi en blanco. A lo único que atiné a responder fue simplemente decirle que para mí era irrelevante, ya que no lo estaba provocando, más bien era un gesto inconsciente. El asunto fue subiendo de tono, y fue aquí cuando él, ya bastante molesto, comenzó a explicarme por qué no debía 'hacer' eso; me explicó que si yo caminaba y hacía gestos, era mucho más probable que pudiera ser insultado o incluso atacado en la calle. El lugar donde vivimos es de alto riesgo social, y que él prefería evitar tener que meterse en problemas cuando tuviera que defenderme por aquellas burlas.

En ese momento, comencé a discutirle que el escándalo que estaba haciendo en verdad no valía la pena, que si me querían molestar en la calle, lo iban a hacer con la mano 'quebrada' o no, con vestido o con 'bototos', porque lxs flaites iban a notar lo cola en mí más allá de mi apariencia; no pude evitar darle una lectura más profunda, por lo que mi discusión se tornó cada vez más acalorada, y al final él se quedó hablando con algunxs de sus amigxs, y yo decidí subir solo al departamento.

Fue en esa discusión donde comencé a notar lo importante y por supuesto relevante que es la construcción de la masculinidad, y el poder que genera/quita en nuestras vidas. Lo que según sus palabras era algo simple, que podía evitar, para mí ya había dejado de serlo.

Fue en este reproche, en esta molestia, y 'simple' sugerencia de cambio, donde decidí articular este texto, y es que, el simple hecho de mostrar un rasgo que a la luz de nuestra sociedad heternormada y patriarcal pueda parecer (demasiado) femenino o afeminado, es cuando los problemas comienzan. Y es que en ese momento en que yo perdí la masculinidad, y por ende, el 'respeto' que pueda recibir de él u otras personas; fue cuando mi padre se dio cuenta de lo peligroso que en verdad era mi realidad marica. Porque habían pasado casi dos años donde en palabras de él, 'pudo aceptar lo que le conté', sin embargo, esa pérdida del espacio que él sentía asegurado al verme masculino y piola (término adorado por la muchedumbre marica), era algo que simplemente no podía dejar pasar.

Y es que en un ejemplo como este podemos notar que el clóset en verdad jamás se destruye, y que las promesas de tolerancia y respeto que pregonan movimientos homosexuales son una ilusión, que a la primera señal de lo que podríamos denominar 'lo cola' se quebranta sin más. El presenciar o vivir esto muestra el poder efectivo que tiene la masculinidad como forma de entenderse y actuar, y por ende, la muestra de la heteronormatividad misma en las relaciones sociales.

Porque para poder recibir respeto de acuerdo a mi padre, tengo que acceder a ese espacio de la masculinidad, a ese rígidez a la que aspira el sígno hombre, porque se puede ser gay pero hombre al mismo tiempo, porque ser gay no significa ser loca. Y eso es cierto, ser gay no significa eso, significa lo contrario, significa tener una identidad clara, un género fácil de distinguir, pero no distinto del que la heterosexualidad busca. Porque lo único diferentes son las prácticas sexuales bajo esta lógica, porque en lo público no es necesario mostrar nada, eso queda en lo íntimo. Y esa intimidad, me pregunto yo, ¿No es el mismo espacio privado que ocupaba la mujer al inicio de los movimientos feministas de mediados del siglo XX? Ese espacio donde ella mandaba, pero del que no podía salir, del que estaba encerrada, y el único donde se podía mover; porque el hombre era el que salía a trabajar y gobernar la cultura, sociedad, economía y políticas, tal como hoy en día la heteronormatividad dicta las pautas que se deben seguir en el espacio público.

Esto no quiero (ni espero) sea simplemente entendido como un grito desesperado de esa homosexualidad que lucha por mostrarse en el espacio público y ser 'validada' por el resto de la sociedad; esto no es esa lucha que movimientos fetichizados, despolitizados y clichés buscan, bajo el amparo de discursos de tolerancia y respeto a la 'diferencia', esto es más bien una crítica con un fin de cambio profundo, y que en palabras de Matías Marambio (quien creo es el que mejor lo explica) es que "ninguna forma de deseo pueda reclamar, a priori, preeminencia sobre otras."

El que se me quiebre la mano no es el problema papá, el problema es lo que ese quiebre de mano (o la ausencia de aquel gesto) pueda significar en cuanto imaginario de lo que es ser hombre.

Fuente: http://lucharmada.blogspot.com/2011/03/el-dia-en-que-se-me-quebro-la-mano-o-la.html

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