miércoles, 16 de mayo de 2012

Realizado el Conversatorio sobre acoso callejero


En conjunto con Marcha mundial de las mujeres realizamos una actividad en dependencias de la U Arcis, Francisco Bilbao 882, un conversatorio sobre tema de acoso callejero. La masculinidad está permeada de la necesidad de marcar territorio, simbólico y real, en donde los cuerpos de las mujeres son justamente este posible territorio. Las preguntas que nos hacemos que si un piropo, una de las marcas de esta masculinidad hegemónica, es ofensivo si es que la ofendida/o lo encuentra un acto de galantería. Aqui tenemos nuestros apuntos sobre este tema ¿Es objetivamente, universalmente y inequívocamente una ofensa el piropo? El conversatorio sobre el acoso callejero, en conjunto con La Marcha Mundial de las Mujeres abordó preguntas ¿Cómo opera el micropoder y cómo nos relacionamo, los varones, con una práctica naturalizada y milenaria. ¿Qué tenemos que decir sobre este acto los varones? ¿Qué sienten las mujeres cuando varones les dice o hace algo en la calle hacia ellas? Esas son las algunas de las preguntas que se tocaron en el conversatorio. No basta simplemente legalizar y castigar, sino cambiar la mentalidad y cultura de las personas que transitan en un espacio común y compartido.
Queremos compartir unos videos que apuntan a esta misma dirección para simplemente provocar e invitar a los navegantes que nos leen compartirlos y debatirlos en vuestros círculos más cercanos y no tan cercanos para poder crear sinergia e ir transformando la cultura machista en algo humano, empático y solidario.

Aprovechamos ademas a pasar el dato de un colega en Argentina, Raydel Romer, que editó la revista Masculinidad/es, por OMLEM en Bs As, la cual invitamos ver Revista Masculinidad/es OMLEM

Recuerde que hay espacio para comentar y vincular material que se les ocurra en relación a esto en los comentarios mas abajo.

Abrazos y hasta pronto!

jueves, 10 de mayo de 2012


Análisis de Coyuntura: “a propósito de la nueva Ley Antidiscriminación”

“...Lo que se impone por la fuerza,
es rechazado y en poco tiempo se olvida...”
Federico Luppi, Lugares Comunes.

Durante los últimos meses y debido al asesinato homofóbico de DANIEL ZAMUDIO, hemos escuchado en gran parte de los medios y en el cotidiano, la discusión sobre una Ley Antidiscriminación. Esta discusión que no deja indiferente a nadie, repite una fórmula ya probada en que la norma legal a través de la coerción (en tanto es el poder hegemónico del Estado -ejercido por unos pocos-) es comprendida como única forma de modificar las conductas de las personas ¿Pero esto realmente genera cambios culturales en los sujetos o en el mismo Estado?

Ejemplos de discriminación tenemos varios en nuestra sociedad: segregación barrial, lógica desde la cual se construye ciudad sin las y los ciudadanos, desde la exclusión y la segregación territorial; discriminación de clase, en educación por ejemplo, los sujetos empobrecidos estudian con otros sujetos empobrecidos, campaña “pitéate un flaite”; étnica, militarización del conflicto social en el sur; generacional, construcción de relaciones sociales entre generaciones desde una matriz adultocéntrica; etc., etc., etc. ¿Para todas estas discriminaciones necesitamos solo leyes?

Una de las tensiones que emerge al pretender un cambio social a través de las Leyes es que, independiente de que exista la sanción, siempre termina siendo para unos pocos. Un ejemplo de esto: los Derechos Humanos forman parte de la (ilegitima) constitución chilena, siendo un acuerdo internacional al que el Estado de Chile suscribió hace muchos años, pero todos los días sistemáticamente se vulneran y solo se sanciona en casos excepcionales.

Por otra parte, nuestra sociedad está “acostumbrada” a negativizar la discusión. Un ejemplo simple es cuando se acercan los mundiales de futbol y mientras en gran parte de América y el mundo se habla de clasificatorias nosotros nos remitimos al término eliminatorias. Esto es (o será) por que no perseguimos la victoria sino que buscamos “no perder”. Así mismo al hablar de una Ley Antidiscriminación buscamos sancionar, a través de la represión, las acciones discriminatorias. No se trata de no comprender la necesidad de la ley, sino de preguntarse acerca de si podemos centrar la discusión en la norma, como si la normalización de las conductas de  los sujetos fuese la única vía posible de regulación social.

Se asume que la ley se “entiende” sabida por todos, pero en la realidad uno solo se entera como opera realmente cuando infringe la ley o cuando es vulnerado en sus derechos. Siendo  una de las bases fundantes de un Estado como el nuestro, pero ¿qué implica hacer la dicotomía entre sociedad e individuos?, decimos esto porque al creer que la norma es la solución, opera una relación de subordinación entre la sociedad/individuo o sea norma/individuos que no es necesariamente efectiva y que peor aún, solo es aplicada para muchos pero para el beneficio de unos pocos, desconociendo la relación dialéctica que existe en la construcción sujeto-sociedad-sujeto como nos la plantea Martin Baro: los individuos construimos una sociedad y al mismo tiempo ésta nos construye como sujetos.

El problema de la discusión centrada en la ley es que la reflexión se reduce a la sanción de la discriminación pero no hay un aporte ni un interés real por iniciar una transformación más profunda. Que la ley exista y sancione no significa que los actos ilícitos dejen de cometerse ni que como sociedad dejemos de discriminar a los sujetos por su diversidad simbólica.

Creemos necesario legislar en un sentido amplio y positivo, con respeto a la diversidad, cuestionando aquellas iniciativas que centran “todos” sus esfuerzos y confianzas en el papel que pueda desempeñar el Estado a través de sus leyes. 

Como Kolectivo Poroto, apostamos por una legislación pro diversidad que promueva cambios culturales, que se remita a lo simbólico llámese sexo, género, generación, clase, etnia, color, etc., y que integre a la sociedad civil a un proceso de transformación, en que nos vinculemos todas y todos. Como desafío reconocemos necesario hacernos preguntas desde nuestros lugares de acción, en este caso, la militancia en género/masculinidades y política, por los aportes que podemos realizar en tanto varones participes de este proceso.

Mayo, 2012.


viernes, 13 de abril de 2012

Los aplausos que venían desde lejos

Los aplausos que venían desde lejos anunciaban su llegada. El calor de la ciudad se empecinó. Corrieron periodistas buscando la primicia, con cámaras incómodas, llenando de cables el suelo pisoteado por la masa que repletamos el lugar. Un improvisado escenario albergó palabras políticas de líderes de movimientos; algunos cantos que decían quién dijo que todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón; y a una familia que jamás imaginó ese momento, pidiendo respeto y no politizar la despedida de su Daniel Zamudio Vera.

En el Cementerio General éramos miles de personas que acompañamos el entierro de Daniel, luego de agonizar casi un mes tras la tortura que sufrió por una pandilla neonazi. Daniel era hombre, joven, pobre y homosexual. Vivía en San Bernardo, en un pasaje donde apenas pasa el carro de bomberos, donde se pierde la ciudad. En ese pasaje le velaron los y las vecinas, amononaron el lugar sacando sillas de sus casas, poniendo flores, preparando jugo para las visitas.

A medida que ingresaba el auto con el ataúd de Daniel, todo se subyugó al ensordecedor “Daniel, amigo, el pueblo está contigo”. Vieja consigna de la nunca acabada injusticia. Las banderas estaban agónicas por la falta de aire, pero coloreaban el cemento del camposanto.

En Chile hay tortura.

Mujeres son torturadas y asesinadas por razones de género. Se llamafemicidio. Al menos en un quinto de los femicidios las mujeres fueron masacradas, desfiguradas, con alevosía, con dolo, con odio. Con moral, la que encarrila, la que designa con sangre la verdad y limpieza.

El asesinato de Daniel es el de un homosexual pobre, la de un gay de pasajes. No debe pasar desapercibido: homosexual + pobre. Y los pobres tienen la justicia del pueblo: de la marcha mientras arriba quema el sol, la del Daniel amigo el pueblo está contigo, la del show televisivo en los matinales; la de decenas de años siendo marginados, expulsados, explotados. Daniel fue enterrado en un nicho al fondo del Cementerio, cuando ya no hay más donde caminar, donde se capea el sol con malla kiwi, tan alejado de los mausoleos de presidentes, de notables, de burgueses.

Marchamos heteros, lesbianas, homosexuales, dirigentes de derechos humanos, académicos/as, vecinos/as, jóvenes, adultos, locas, queer, putos, putas, heladeros, gente fashion y gente cuma, los in y los out. Fue una marcha silenciosa y acalorada, tan larga como los cientos de danieles zamudios que han existido. Los tacos de las locas se llenaron de polvo, igual que los zapatos Zara del que andaba más enflautado. Personas en bicicleta, abuelos/as del brazo, adolescentes de pelo en la cara, periodistas sin descanso.

En Chile desde todos lados “lamentaron el hecho”, como dice la prensa. En verdad, me alegré de no ver curas, ni monjas, ni gente de la política institucional. Despedí, sin conocerlo, a una persona que, sin buscarlo, remecerá necesariamente nuestros límites como sociedad. Al parecer es consenso que no hay espacio para torturar un cuerpo, sin apellidos (pienso en: gay, comunista, delincuente, pobre). Las actuales generaciones que convivimos en Chile tenemos experiencias diversas sobre la tortura y violencia sobre los cuerpos, y tras décadas de historias, ya parece no es algo normal ni aceptable. Se denuncia, se repulsa. El Estado chileno queda en vergüenza frente al mundo, pero principalmente frente a su pueblo.

Sin embargo, la lucha en Chile es ardua. Luchamos desde quienes acaparan todo, hasta quienes no tenemos más poder que un twitter y la esperanza del Kino una vez a la semana.

No me digan que el aborto o interrupción del embarazo es algo valórico; no lo es más que la reforma tributaria o de educación. Es como decir es humano: todo lo es.

No me digan que legislar sobre la discriminación es un avance: es una vergüenza. Es la premodernidad, es el medioevo con Redcompra.

No me hablen de democracia si el debate es sobre la idea de debatir el aborto o interrupción del embarazo, para que luego el Padre Presidente diga que, sin importar lo que se resuelva, vetará la discusión.

No me digan que hablar de femicidio, de aborto, de embarazos, de posnatal, es un tema de mujeres. Menos que es valórico. Decir lo último es caer en la trampa católica de la Santísima Concepción: todo lo que sea del ombligo para abajo es valórico.

Lo ocurrido con Daniel Zamudio no debiera entenderse como algo aislado, ni como un acto exclusivo contra los/as homosexuales desde un exaltado grupo radical conservador. Lo sucedido es la tortura y asesinato de un miembro de la sociedad que no cumplió mandatos de género y de clase coherentes. Esto ocurre todos los días. Lo de Daniel es el absurdo de lo cotidiano, la vulgarización de una práctica camuflada en nuestras palabras, bromas, publicidad, incluso en campañas gubernamentales que dicen que maricones son los que golpean a determinados grupos.

Cuando ya nos íbamos del Cementerio, recorriendo los pasos hacia Av. Recoleta, comiendo un helado de $200, una señora de edad algo cansada pero satisfecha, me dijo que el asesinato de Daniel es responsabilidad de todos/as. Lo primero que pensé: fuerte es la asimilación del lenguaje periodístico. Pero luego de unos minutos, comprendí lo básico que la sociología enseña en sus primeras lecciones: el sentido común, esa voz en almacenes y paseos por la calle, dice las verdades silenciosas que cimentan nuestras relaciones, resumidas en palabras que escuchamos en todos lados, en cada muro, en muchas canciones. Y la señora me recordó que la comunidad ha fallado, que la polis no existe, que no sabemos de diversidad, que nos tiene aniquilados/as el sentido de la propiedad.

No hay palabra más silenciosa que la del sentido común, y no hay otro lugar en donde escuchar más fuerte el estruendo de la vida social.

El asesinato de Daniel marcó un precedente en la lucha por los derechos básicos en democracia que afectan las relaciones interpersonales (matrimonio homosexual, interrupción del embarazo, no discriminación) y que han sido bandera de muchas batallas en Chile, de diversos grupos.

Vendrán los discursos, mejor que vengan libertades. Vendrán los gestos, mejor que vengan las acciones. Vendrán las promesas, mejor que vengan resoluciones. Vendrán más torturas y discriminaciones, y ahí mejor que sea el sentido común quien aplaste esa violencia; entonces, la ley o reforma que sea, será solo un dato de la causa. Nuestra mejor arma es que sea anormal lo sucedido con Daniel, siendo él un símbolo de discriminados/as, abusados/as y explotados/as. Nunca un mártir.

Juan Manuel Cabrera
Núcleo de Investigación en Género y Sociedad Julieta Kirkwood

viernes, 23 de marzo de 2012

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140 caracteres para construir la equidad de género, conspirar contra el Patriarcado, el Estado Neoliberal y el Mercado!!!

Nos vemos, slds!

Aborto: Por la libertad de decidir

Por Nelly Richard. Crítica y ensayista; integrante de los Imaginarios Culturales para la Izquierda.

La libre circulación de las palabras o bien su acceso restringido a la esfera pública demuestran el control que ejercen tanto las ideologías político-culturales como los poderes comunicativos sobre las fronteras de lo decible y lo nombrable, es decir, sobre los términos que pueden (o no) ser objeto de deliberación ciudadana. Son varios los nuevos términos que la alianza de derecha, pese a su dominante conservadora, ha tenido que dejar circular durante el 2011: por ejemplo, “ley de unión civil” y, de contrabando, “matrimonio homosexual”.

A cambio de este tránsito forzado, el gobierno de S. Piñera ha reinstalado en gloria y majestad a la Familia como trasfondo iconográfico de toda una cadena de afectos (sentimientos y creencias) y efectos (iniciativas legislativas y políticas públicas). Lo maternal y lo familiar -exaltados por la moral de la pareja que caricaturiza el bono “Bodas de Oro”- han pasado a ser el refugio intemporal, mítico, que protege al ser humano de todo lo que lo amenaza en un mundo de cambios veloces exacerbados por la globalización capitalista. Ya lo sabíamos: la misma derecha que celebra el liberalismo económico como desate consumista de los bienes y productos en un mundo de tráficos sin fronteras, resguarda –en lo moral- los valores y tradiciones como algo puro y sacro que debe mantenerse alejado de la promiscuidad contaminante de lo que circula planetariamente. La maternidad como eje femenino de la reproducción y el cuidado de la familia es el bastión sagrado que debe preservarse fiel a sí mismo, intacto, para contrarrestar el debilitamiento de otros símbolos de arraigo y pertenencia (Estado, nación, clase, partido, tradición, etc.) que el capitalismo transnacional vuelve inestables y mutantes.

Si bien la no-discriminación de género y el respeto a la diversidad sexual pasaron a semi-integrarse al sentido común liberalizador de una sociedad chilena que finge ponerse al día, hay una palabra que permanece interdicta: la palabra “aborto”. No habría que ser ingenuos en pedirle a este régimen que ha convertido a la familia en su paradigma valórico que ingrese esa palabra tabú a su repertorio pese a que la ley Simone Weil, en Francia, despenalizó el aborto en 1975 bajo un gobierno de derecha. Lo más preocupante es que la palabra “aborto” (a secas: no “aborto terapéutico”) genera tantas aprensiones y suspicacias por el lado de la izquierda que por el lado de la derecha.

¿Qué se oculta tras la censura generalizada a la palabra “aborto? Primero, las lógicas de dominación masculina que castigan el derecho de las mujeres a decidir soberanamente sobre sus cuerpos y destinos, volviéndolas culpables de no obedecer ciegamente el mandato de la maternidad obligatoria. Al consagrar lo femenino-materno como abnegación y sacrificio, este mandato les ordena a las mujeres renunciar a su propia libertad en beneficio del otro: en el caso del embarazo, antes siquiera que el feto sea persona , individuo o sujeto.

La Iglesia Católica, pese a la inmoralidad de los casos de abusos sexuales, sigue ejerciendo –como si nada- su hegemonía vaticana al normar el control de los cuerpos, en activa consonancia con el conservadurismo de derecha que estuvo respaldando en Chile el escandaloso fallo del Tribunal Constitucional que prohibió la píldora del día después en el 2008. Eso, por el lado de la derecha y la Democracia Cristiana. Por el otro lado, la izquierda tradicional (la de los partidos de la Concertación y extra concertacionistas) se preocupa de la explotación de clase y de las injusticias sociales del sistema de dominación económica, pero ha sido incapaz de prestarle atención –teórica y política- a las opresiones culturales (entre ellas, las que subordinan la diferencia de género) por no comprender todavía que lo que atañe a cuerpos, deseos y subjetividades es también materia de emancipación.

Chile ha visto cómo el orden normalizador de su democracia formal (no participativa) se ha visto drásticamente cuestionado por los reiterados estallidos sociales que, desde el año pasado, se rebelan contra los abusos neoliberales pero, también, contra la falta de imaginación política de una izquierda convencional; una izquierda que no ha sabido ampliar debidamente las fronteras de lo democrático para que predomine “lo político” (los antagonismos de poder y representación en torno a las prácticas de constitución de lo social; las luchas por la igualdad que presuponen a la diversidad en contra de las identificaciones uniformes; las redefiniciones de lo público y lo privado en el cruce entre micropoderes y resistencias cotidianas, etc.) por sobre “la política” en su versión instrumental.

Reconquistar esta dimensión intensiva de “lo político” supone una izquierda plural y fluida en sus contornos, abierta a la incorporación de todas aquellas demandas que promueven cambios en las posiciones de sujetos que los aparatos de captura de la identidad (por ejemplo: masculino-femenino) quieren mantener lineales y fijas. Rebatir la violencia simbólica de la ideología sexual dominante no es algo que les concierne solamente a las mujeres en tanto comunidad de género. Combatir las asimetrías y desigualdades de género es parte de las luchas de transformación social que amplían las bases del igualitarismo democrático.

En las últimas conmemoraciones del Día Internacional de la Mujer en Chile, agrupaciones feministas desfilan reclamando por la despenalización del aborto (“Por la libertad de decidir”) y sumando dicho reclamo político-sexual a otras manifestaciones de legítimo rechazo a los abusos privatizadores de un modelo neoliberal que atenta contra la equidad y la justicia sociales. Del mismo modo que las agrupaciones feministas protestan a favor de un reparto no-excluyente de la democracia, el feminismo espera de la(s) izquierda(s) que suscriba(n) la necesidad de resguardar los derechos fundamentales de las mujeres en materia de libertad reproductiva. El debate sobre el aborto se ha visto confiscado en Chile por visiones moralizantes que, pese a la laicidad del Estado chileno sancionado por la Constitución, tratan de imponerle al conjunto de la sociedad su concepción religiosa de la vida humana.

No hemos escuchado nada parecido a las sabias palabras formuladas hace algunos años por el Obispo auxiliar de Madrid, monseñor Alberto Iniesta: “Mi conciencia rechaza el aborto, pero mi conciencia no rechaza la posibilidad de que la ley no lo considere un delito”. Que las mujeres puedan elegir en conciencia si asumir o no la maternidad es un derecho que les incumbe a todos ya que el cuerpo propio es el primer territorio de libre ejercicio de la soberanía en garantía, por lo tanto, de la ciudadanía universal.

dona por un aborto ilegal


Los comentarios más conservadores y erróneos sobre el aborto.

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